Cuán factible y cuán
efectivo sería que una y otra vez cuatro o cinco
jóvenes cubanos residentes en el extranjero se embarcaran en una
lancha sencilla hacia algún punto bien poblado de la costa cubana. Sin
conferencias de prensa, sin actos de consagración ni despedidas
públicas, sin pedir permiso a nadie. Para simplemente hacer uso de su
derecho de entrar a su país y de hacer contacto directo con sus
conciudadanos que allí viven.
Idealmente, tendrían un sistema de radio, quizás con
retransmisión por una avioneta intermedia, para que narren su
actividad hasta que las fuerzas del régimen que ocupa el terrritorio
cubano los detengan y repriman, como tarde o temprano harían.
Para ello habría que contar con jóvenes con una
concepción clara y profunda de que los cubanos tenemos
todo el
derecho y la capacidad para detener la tragedia en Cuba y echar
ésta adelante. Que supieran interactuar tanto con el cubano del
pueblo como con el agente represivo que los va a agredir y, posiblemente,
hasta matar. Que sus convicciones les hicieran más que meritorio el
tiempo de sufrimientos, compartido con miles de otros cubanos de
allá, que seguramente su acción les traería.
Habría que contar con la acción de canales de
comunicación capaces, que sistemáticamente hayan edificado
la confianza del pueblo de la Isla en la actividad libertadora y
reedificadora. Para que la acción de los jovenes encontrara
rápida y creciente resonancia y cooperación. Para que sus
padecimientos bajo los agentes represivos del régimen fueran mucho
menores y, en algunos casos y crecientemente, casi imposibles.
Habría que contar con instituciones cubanas meritorias de la
atención internacional como para proyectar de forma clara y
completa el mensaje que tales acciones civilistas contendrían.
Pero esos procesos y procedimientos son, parece, para muchos,
todavía, muy largos, muy complicados, muy
difíciles.
Hay quienes siguen, pues, contentándose, entre otros
entretenimientos y desahogos de frustraciones, con flotillas para la
prensa.