La imaginación, Gabriel, es la facultad que tienen los hombres de
ver con su inteligencia lo que no pueden ver con sus ojos. Hay hombres
ciegos porque sus ojos están enfermos como también existen los ciegos de
imaginación, los cuales son incapaces de crear con su inteligencia
un mundo de fantasía.
Los niños, Gabriel, son muy imaginativos. Por eso yo estoy seguro
que tú vas a creerme esta historia que te voy a contar sobre lo
que pasó en el mundo de los planos, y de la cual yo supe porque lo
presencié personalmente con estos ojos de mi imaginación. Los
planos son la gente que vive en un mundo donde nada es gordo. Todo,
absolutamente todo, los hombres, los animales, las cosas, todo, son
anchos y son largos pero son tan, pero tan flacos, que son más
delgados que una hoja de papel. Los planos no conocen lo que es la
altura, ellos sólo se mueven para alante, para atrás, hacia
un lado o hacia el otro; como todo es plano nunca hay que saltar nada
porque absolutamente ninguna cosa tiene altura.
El mundo de los planos es muy hermoso, cuando uno lo mira es como si
estuviese viendo un bello dibujo hecho por un gran pintor, o como si
estuviera mirando a nuestro mundo a través de la ventanilla de un
avión que vuela muy, pero muy alto. Como el mundo de los planos
está lleno de colores y los colores son tan bellos, los seres
planos, al igual que nosotros, seres gordos, tienen ojos para gozar
mirándolos. También tienen oídos para escuchar todos
los ruidos, las melodías, las bullas, las palabras y los trinos,
de su delgado mundo.
Pero no creas Gabriel, que los planos --como se llaman a sí mismos
los hombres planos-- o los animales de su mundo se parecen a nosotros o a
los animales de nuestro mundo. No, como su mundo es muy diferente al
nuestro, ellos también son muy diferentes a nosotros.
Cuando yo vi por primera vez a un plano me quedé muy sorprendido:
parecía algo así como un óvalo del cual
salían unas paticas. Cuando quería moverse para
atrás, para alante, hacia un lado o hacia otro, las movía
rápidamente como si estuviera remando. Las mujeres planas eran
más anchas y tenían las paticas más cortas. En
cuanto a los planitos, siempre estaban agitando febrílmente sus
paticas y correteando de un lugar para otro.
En una ocasión, vi a dos planitos que jugaban con un animalito
amaestrado, algo así como el perrito de ellos. Claro que no era un
perrito, sino un animalito plano amaestrado. El animalito corría
de un lado para otro persiguiendo a un objeto circular que, tirado por
los planitos, se deslizaba por el suelo. Cuando lo cogía con su
boca, volvía a donde sus pequeños dueños y estos,
alegres, lo acariciaban con sus paticas.
En un momento determinado uno de los planitos le dio de comer algo a su
animalito. No mucho tiempo después, sorprendido, observé
cómo, por el mismo agujero que le servía de boca, el
extraño y juguetón perrito expulsaba algo. Pensé que
el animalito había vomitado, mas luego de haber conocido mejor al
mundo de los planos me he convencido de que ninguno de los seres vivos de
ese mundo aplastado tiene nalgas.
Así como lo oyes, Gabriel, ni los planos, ni sus animales
amaestrados, ni ningún otro animal de su mundo tienen nalgas. Sus
bocas les sirven a la vez para comer y para expulsar lo que no pueden
digerir. Así son ellos, no pueden ser como nosotros porque su
mundo es muy distinto al nuestro. Si un plano tuviese boca y nalgas se
dividiría en dos mitades. Yo sé que todo esto es un poco
raro, pero para que me entiendas bien te voy a hacer un dibujito de un
plano y de cómo sería un plano si tuviera boca y nalgas.

Sin embargo los planos son gente muy inteligente, ellos saben contar muy
bien, conversan entre ellos, construyen sus casas, y hasta tienen carros.
Claro que los planos no pueden montar en sus carros por la sencilla
razón de que ellos no pueden treparse encima de nada, ni tienen
por qué hacerlo pues todas las cosas de su mundo, incluidos sus
carros, son aplanadas. Los planos no montan en sus carros, ellos abren la
puerta, entran en sus carros, y luego se trasladan junto con sus
vehículos.
Cuando yo conocí bien a los planos, me di cuenta de que sus ojos
sólo le sirven para ver las cosas que están en su mundo, y
sucede lo mismo con sus oídos.
Los planos no pueden ver ni oír a nada ni a nadie que no
esté dentro de su mundo. Yo los veía a ellos pero ellos no
me podían ver a mí. Me daba cuenta de que ellos conversaban
entre sí, pero cuando les hablaba no podían oírme.
Por eso los planos no sabían que además de ellos, seres
planos, existen también seres como tú o yo, o cosas como
las de nuestro mundo, es decir, seres y cosas gordas, que siendo largas y
anchas también tienen altura.
Pensé entonces en ayudarlos, y se me ocurrió la idea de
enseñarles a los planos que nosotros, los gordos, también
existimos y que además de su mundo plano existe también
nuestro mundo gordo.
¿Cómo hacerlo, Gabriel? ¿Cómo lograr que me
vieran si sus ojos no sirven para ello? ¿Cómo lograr que me
oyeran si sus oídos son sordos a mis palabras? Pues muy
fácil: como los planos son gente muy inteligente... ¡yo
sólo tenía que hablarle a los oídos de su
imaginación! ¡Con los ojos y los oídos de la
imaginación podríamos conocernos y entendernos ellos y
nosotros!
Y puse manos a la obra. Cualquier plano sabe que si lo encierran dentro
de una cerca circular no puede salir de ella a menos que la rompa,
también sabe que no puede entrar a un lugar cercado completamente
sin romper la cerca.
Tal vez a tí, Gabriel, que como yo, eres un ser gordo, te parezca
raro eso que acabo de decirte. Tú dirás que si yo te
encierro dentro de una cerca circular, tú si puedes salir de
ahí sin romper la cerca, pues sólo tienes que trepar y
saltar por sobre ella; pero, Gabriel, usa la imaginación y la
inteligencia, y te darás cuenta enseguida de que los planos no
pueden saltar nada, ellos sólo se deslizan pues en su mundo plano
no se salta, ni se sube, ni se baja, todo lo hacen resbalando.
Así que, Gabriel, como te iba diciendo, cualquier plano sabe que
si él ve a otro plano dentro de una cerca circular es porque en
algún lado hay una puerta para entrar: esa es la única
forma que existe en su mundo de meterse allá adentro. ¡Y fue
este hecho que te estoy contando el que me dio la idea para
enseñarle a los planos que nuestro mundo gordo existe!
Para ello preparé un aro de cristal suficientemente grande como
para que en su interior cupiera ampliamente un plano y esperé que
los dos planitos se pusiesen a jugar nuevamente con su animalito
amaestrado.
Me quedé mirándolos largo rato hasta que ocurrió lo
que yo estaba esperando. El animalito amaestrado se alejó tanto de
sus pequeños dueños que desde donde ellos estaban no
podían verlo. Entonces rápidamente coloqué sobre el
mundo plano de ellos el aro, de forma tal que el animalito quedara en su
interior...
¡Tremendo susto se dio el pobre! Se puso a dar vueltas de un lado a
otro buscando por dónde salir de su encierro. Chocaba contra el
aro, daba media vuelta, se deslizaba para otro lado y volvía a
chocar. Se notaba que se ponía cada vez más nervioso...
hasta que empezó a chillar. Emitía unos chillidos
penetrantes tan altos que enseguida los oyeron los planitos. Eso era lo
que yo quería.
Cuando los planitos llegaron donde estaba su animalito amaestrado los
sorprendidos fueron ellos. Lo primero que hicieron fue ponerse a buscar
la puerta por donde ellos creían que su travieso perrito se
había metido allá adentro. Le dieron la vuelta completa al
aro sin encontrar, claro está, ningún agujero. Entonces se
preocuparon de verdad.
Vi que conferenciaban entre ellos, ¿cómo diablos había
entrado su animalito dentro de esa cerca circular de cristal?,
¿quién había hecho tan rápido esa cerca? Como
no entendían nada, fueron corriendo a buscar a su papá.
El padre, al principio, no les quiso creer a sus hijitos, pero como vio
que sus hijos insistían e insistían, decidió, para
salir de ellos, acompañarlos e ir a ver con sus propios ojos
qué era lo que estaba pasando.
Cuando llegó donde continuaba encerrado el animalito, hizo lo
mismo que sus hijos: le dio la vuelta completa al aro de cristal buscando
minuciosamente el hueco por donde él estaba seguro que el
animalito había entrado. Dio una vuelta y no lo encontró.
Lo vi muy turbado, se detuvo a pensar... y decidió dar una vuelta
más.
Entonces sí que se asustó: ¡aquello no podía
ser!, para él era imposible que el dichoso animalito pudiese estar
allá adentro, ¿qué estaba pasando? Nervioso y asustado
fue a buscar a otros planos para que vieran aquella cosa tan rara.
¡Si no lo estuviera viendo con sus propios ojos no podría
creerlo!
Yo también me asusté al ver lo que había provocado
con mi ocurrencia de encerrar al animalito en el aro de cristal y
decidí liberarlo. Levanté el aro.
Ay, Gabriel, entonces sí que se complicó todo... Los
planitos, quienes se habían quedado allí esperando por el
regreso de su papá, por poco se mueren del susto cuando vieron
cómo, de pronto, su perrito quedó libre. El animalito
movía sus paticas radiante de felicidad y se acurrucaba junto a
sus dueños.
Pero lo peor no fue eso, cuando llegó el padre acompañado
de muchísimos planos, y éstos vieron al perrito libre, y no
vieron por ningún lado la fantástica cerca de cristal de la
cual él les había hablado, todos pensaron que el padre de
los planitos los había engañado y comenzaron a insultarlo.
De pronto uno le dio un empujón y otros dos lo sujetaron.
A mí eso no me gustó. Tremendo problema le había yo
buscado al pobre plano. Entonces decidí ayudarlo. Cogí el
aro de cristal, y cuando un plano grandezón que estaba allí
se separó de los demás y se acercó amenazante al
pobre plano que estaban sujetando, puse nuevamente el aro de cristal en
el mundo plano de ellos y encerré dentro de él al muy
guapetón.
Se armó entonces el gran desbarajuste. El plano aprisionado
hacía esfuerzos por salir sin lograrlo, los demás miraban
maravillados las desesperadas tentativas del infortunado prisionero, y no
podían salir del asombro provocado en todos ellos por la
inexplicable reaparición en su mundo de la cerca circular de
cristal.
Ocurrió en ese momento algo no previsto por mí: se
oyó como un canto colectivo, algo así como si todos los
planos allí presentes susurraran a la vez alguna cosa. Pero no
eran todos, algunos se alejaron rápidamente del lugar, y los
otros, mientras continuaban susurrando aquel extraño canto
comenzaron, en fila, unos detrás de otros, a dar vueltas alrededor
de la milagrosa cerca.
Yo no recuerdo bien, Gabriel, en qué quedó todo aquello
porque todo lo que pasó me impresionó tanto que se me
turbó la mente. Prefiero mejor contarte, para que me ayudes a
resolver el problema en el que estoy metido, cuál es el resultado
de mi idea de hablarle a los planos en los oídos de su
imaginación.
En el mundo de los planos, Gabriel, como en nuestro mundo, no todos son
iguales. Por eso unos planos pensaron una cosa de todo lo que pasó
mientras otros pensaron otra.
Algunos me entendieron y comenzaron a decir a los demás planos que
además de su mundo aplanado existe otro mundo que no lo es, un
mundo donde las cosas además de ser largas y anchas tienen altura.
Ellos trataban de explicarles a los demás cómo es el mundo
nuestro, un mundo gordo, un mundo que ellos no pueden ver con sus ojos de
planos pero ven con claridad con los ojos de su imaginación.
Lo malo es que muchos planos no los entendían, ni los entienden
todavía, porque a decir verdad, ¿cómo ellos van a
creer que existe un mundo gordo, totalmente distinto al suyo, si sus ojos
de planos no se lo permiten ver?
Otros planos, también muy inteligentes, empezaron a decir que
alguien, algún otro ser inteligente, y que no era de su mundo, y
que era muy poderoso, era el responsable de aquel milagro presenciado por
tantos planos. Esos planos comenzaron a creer en la existencia de ese
otro ser inteligente que vive en otro mundo distinto de su mundo plano.
Tenían razón, Gabriel, ese alguien soy yo. Yo fui quien
realicé el milagro de encerrar en un aro de cristal al animalito
amaestrado del mundo de los planos, fui yo quien lo liberé, y yo
mismo fui quien volví a realizar el milagro de hacer reaparecer la
fantástica cerca de cristal con que castigué al plano
grandulón y abusador. Lo malo es que esos planos me empezaron a
llamar Dios y no hallo la forma de decirles que yo soy Luichi, y no Dios.
Y así están las cosas Gabriel: hay un grupo de planos que
saben que además de su mundo existe el mundo gordo nuestro, y hay
otro grupo de planos que saben que yo existo, y que soy inteligente, y
que no vivo en su mundo plano. Pero, Gabriel, y esto es lo malo de toda
esta historia, pasa que los que saben que nuestro mundo es gordo no creen
en mí y piensan que es mentira lo que dicen los que saben que yo
existo. Por otro lado, esos que saben que yo existo y me llaman Dios,
dicen que es mentira que nuestro mundo sea gordo.
En realidad esto que te cuento no me preocuparía tanto, pues a fin
de cuentas, cada uno tiene parte de la razón, pero lo peor de todo
es que los planos, siendo gente buena, se han dividido en dos bandos por
culpa mía... ¡y se pelean unos contra otros! Unos les dicen
mentirosos a los otros y los otros también ofenden a los unos.
Gabriel, yo existo, y tú, y nuestro mundo gordo... pero parece que
me estoy volviendo viejo y mis ojos de la imaginación me
están fallando. Tú, en cambio, eres un niño, y como
tal puedes crear con la imaginación y la inteligencia cualquier
fantasía.
Gabriel, tú eres mi hijo adorado, quiero que me ayudes a resolver
el problema en que me he metido por tratar de enseñarles a los
planos que nuestro mundo existe. ¿Quieres ayudarme? ¿Te
sientes con imaginación suficiente para sumergirte en el mundo de
los planos y lograr que con sus ciegos ojos de planos sean capaces de ver
la verdad de tu mundo y el mío?
Gabriel, ve y ayúdalos, revélales con amor, el Gran
Descubrimiento de nuestra verdad, restablece entre ellos la
armonía perdida. Yo, Dios-Luichi, tu padre, y María, tu
madre, te guiaremos y estaremos siempre junto a tí. Suerte hijo.
FIN
Recuerden: S I E M P R E estoy con ustedes